miércoles, 17 de enero de 2018

Pierre

Pierre siempre tenía un regalo para la gente desconocida, incluso para aquellos que no solían percatarse de su presencia. Siempre mostraba firmeza y, si algo le inquietaba, sencillamente contaba hasta diez y al final de la jornada se desahogaba con su saco de boxeo.

Siempre había vivido en un pequeño barco, en el Sena, a orillas de la Isla de Cité. Por las noches, iba a hablar con las gárgolas que vigilaban la noche parisina desde la catedral gótica de Notre Dame. Las gárgolas siempre le causaron mucha intriga pero nunca le contestaron, claro, eran de piedra. También tenía regalos para ellas pero no tenía modo de acercárselos, a menos que escalase y se buscase un lío con las autoridades.

Pasaban los días y Pierre seguía trabajando por amor al arte, pues en el museo no le pagaban y él supervisaba todo y era el ser más amable que había pisado el Centro Pompidou. Nadie comprendía cómo podía vivir sin cobrar pero era un hecho. Trabajaba, entrenaba con su saco y limpiaba su barco.

Hace unas semanas, desapareció el barco y numerosas fuentes españolas afirmaban haber visto a Pierre en un centro comercial madrileño. Al parecer, iba vestido con un jersey burdeos de la firma ST Dupont y unos pantalones beige. Sin embargo, no ha aparecido su barco y tampoco hay ningún Pierre registrado en los últimos vuelos de París a Madrid.

En la mente de Jorge, amante de los relatos cortos, algunos con más sentido que otros, algunos con más realidad que ficcción, Pierre era una persona que le acompañó en largas tardes de Enero, aquel mes de 2018 en que mañanas con niebla contrastaron con algún mediodía soleado y repleto de sensaciones primaverales. Pero en general, frío y anécdotas sobre un amable y extraño Pierre.


domingo, 14 de enero de 2018

Perfectos imperfectos en imperfección perfecta

La licorería estaba abierta pero preferimos ir al hotel a darnos una ducha, al fin y al cabo iríamos a comprar bourbon tarde o temprano. Ella era de bourbon, y era de vodka con naranja, pero lo mejor de todo eran esas primeras carcajadas después de la tercera pinta de cerveza. Esas carcajadas no tenían precio, y mucho menos su sonrisa perfecta. Con una dentadura imperfecta, siempre dibujaba una sonrisa perfecta al terminar de reírse. Parecía cosa de ciencia ficción, pues aquellos ojos de ese azul cristalino te hacían ver más allá en ella, y su sonrisa lo corroboraba. Aquel ritual en su cara después de unos tragos, rozaba lo mágico. Por ello, yo bebía poco en aquella época, por aquello de cuidarme, pero siempre que lo hacía era con la joven rubia aficionada a las series de titanes despiadados.

Era pronto para beber según expertos, pero el sentido del lujo y nuestra pasión por él se avivaba cuando entrábamos en aquel local de madera plagado de pequeñas lámparas de luz tenue. Patrick y Kevin sabían qué deseábamos beber cuando nos adentrábamos en nuestra sede, en nuestro lugar de reuniones laborales, porque al final esos encuentros eran lo que eran: puestas en común sobre la oferta y la demanda en el sector del lujo. Día tras día, eso.

Mirado desde fuera, como si nos viese desde otros ojos, a saber cuánto tardarían en decirle el uno al otro lo que ambos sabían, pues aquello no generaba feeling, chispa o algo a definir con un término parecido; aquello era una hoguera que ambos saltaban, él cada día con los pies más cerca del fuego, y ella. saltando un poco más alto, temía romper los esquemas ya marcados en su vida personal.

Cada día era un baile maldito, un bello cruce de gestos e intenciones en que el fuego se hacía poderoso a pesar o, más bien, gracias a la complejidad que conllevaba el asunto. Eso hacía que cada día las expresiones fuesen sorprendentes y, con ello, el tacto más electrizante para ambos.


jueves, 7 de diciembre de 2017

Las brasas de mañana

Se cruzó en su camino la oportunidad de no ser un autómata y rápidamente recopiló todas las pautas a seguir para no tropezar. Tan pronto como las tuvo reunidas y anotadas en un papel, se dejó llevar por el impulso y la espontaneidad. Rompió el papel en muchísimos pedazos, tantos como opciones había de hacer las cosas a su manera, políticamente incorrecta tal vez, fuera de lo programado seguramente...

El tren que había pasado no era el del escorpión nocturno, tampoco el de un viejo león orgulloso, sencillamente era un tren cuyo faro central iluminaba las vías de una forma imponente, pero el único pasajero sabía que aquella máquina debía seguir sin él, estación tras estación.

El no pasajero se sintió atraído por el lujo, por aquellas noches en el Hobgoblin donde descansaba del elitismo en que se había sumergido pero al cual accedería sin cesar tras noches de camaradería y desahogo.

No sabía esperar a que los demás zanjaran sus negocios para emprender un nuevo viaje, de modo que, si el próximo trayecto significaba cruzar el charco y retomar el curso diez años después, primero pondría a salvo su salud mental, dejaría respirar a los demás y calmaría sus prisas y su agonía con un buen trago junto a la chimenea de un destino por conocer.




jueves, 30 de noviembre de 2017

La Boutique del Arte

Era como entrar en un museo y, de momento, entrar en aquella boutique, era gratuito. Había piezas únicas, al alcance de pocos y selectos coleccionistas, pues quedaba reservado el derecho de adquisición.

Al entrar en La Boutique, me venían recuerdos de La Isla Misteriosa, de La Ciudad Flotante e incluso de Nantes, pero sobretodo aquel lugar me transportaba a aquellas noches de creatividad sin límite en que me salía solo aquello de escribir capítulos de mi próximo libro, diseñar un telescopio y tocar unos acordes con la vieja Jackson voladora del 81.

Arte estático, arte dinámico y yo rodeado de encendedores con personalidad, con la personalidad de quienes dijeron cómo debían ser. Arte parado, arte en movimiento y yo rodeado de plumas estilográficas que sin duda estaban destinadas a genios de la literatura.

El  reloj inglés de los años 30 había dejado paso a una reedición de sobremesa que tampoco nos dejaba de indicar que cualquier hora era buena para dejarse llevar por las melodías que despedía aquel gramófono del siglo XIX; el tiempo apremiaba y de hecho apremia dentro de La Boutique.




martes, 21 de noviembre de 2017

Ojos

El tema es que aquellos ojos de color tofi, me habían mirado con amor y ahora me miraban con extrema violencia, con sed de venganza, con ansia de aniquilarme, como cegados por el odio, y por mucho que echasen la vista atrás, veían cuentos rotos, cuentros destrozados, y yo era mirado como único culpable.

Durante meses, logré que volviesen a mirarme como yo creí que merecía y, mientras tanto, sin yo quererlo ni buscarlo, unos ojos color pistacho lograron que dudase, que proyectase mi camino en otras calles, en otros viajes, en otros proyectos.

Eran cuatro ojos que me miraban. Odio y amor, nostalgia y novedad, todo aquello me dedicaban aquellos ojos insertados en dos cráneos.

El tren de la locura no había llegado a la estación y, sin embargo, el escorpión de noviembre me seguía de cerca; por algún motivo no quería que yo me volviese loco siendo observado, ni imaginando que cuatro ojos podrían multiplicarse y clavar en mí más expresiones, más pasiones...





miércoles, 1 de noviembre de 2017

Summer Pumpkin

Olor a tierra húmeda, olor a inminente tormenta de verano, olor a final de verano en La Urba, allí donde comenzaron las imperecederas travesuras del "niño cabrón".

Veintinueve años después, los niños más revoltosos son adultos que guardan las formas cuando bajan a la piscina, pero el barrunto de que el peor de aquellos niños aparezca, genera cierta expectación. Evidentemente, el niño cabrón ya no es un niño, pero sus diabluras marcaron a muchos veraneantes a finales de los años ochenta.

Lo que es considerado como "el ya entrado otoño", en La Urba es "el final del verano". Comenzó a llover, pronto relámpagos y truenos se añadieron a la ceremonia y, al final del camino de piedras, justo a la altura del último bloque de la urbanización, sin inmutarse, allí estaba él. Había venido y traía consigo una maleta.

Aquellos balcones con barandas de madera habían sido los palcos de honor para todos aquellos que habían presenciado las maléficas hazañas del niño, y ahora el niño era un hombre y en el parche de su maleta ponía "Trick or Treat". El hombre cabrón no había venido a por caramelos, y nunca le había gustado el apodo con el que le bautizó La Urba en su infancia.




lunes, 9 de octubre de 2017

Algunos nórdicos románticos

Escogidos por las valquirias tras caer en la batalla, aquellos guerreros vikingos que soñaron con servir directamente a Odín en el Valhalla, respiraron con más fuerza que nunca, pues aún debían remar en sus drakkars hasta Britania. Allí, donde habían decidido vivir hacía meses, les esperaban sus esposas, esposas que sentían lo mismo por ellos cuando regresaban de sus hazañas, pues el amor de aquellas escuderas nunca iba en descenso, sino todo lo contrario. En Lomya, que así es como apodaron al campamento que había tras las colinas cristianas de Lambgod, eran salvajes cuanto menos, también aventureros, pero gozaban del amor eterno de sus esposas, y ellos correspondían en las batallas, pues sus heridas tras los saqueos reflejaban el ansia de volver a ver a sus hijos y besar a esas mujeres que tanto enriquecían sus vidas. Cierto es que los viajes podían  resultar extremadamente peligrosos, pero ellos siempre volvían, pues Odín les esperaría comprensivo y orgulloso. Si algún guerrero estaba destinado a cenar con los dioses en el Gran Salón demasiado pronto, su escudera iría con él en ese viaje, pues el Valhalla les esperaba juntos. En Lomya, sólo había vikingos de un solo amor o de ninguno, y el ansia de volver siempre les hizo leales.